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Cuentos Zen
 
BOKUDEN Y SUS TRES HIJOS

Bokuden, gran Maestro de sable, recibió un día la visita de un colega. Con el fin de presentar a sus tres hijos a su amigo, y mostrar el nivel que habían alcanzado siguiendo su enseñanza, Bokuden preparó una pequeña estratagema: colocó un jarro sobre el borde de una puerta deslizante de manera que cayera sobre la cabeza de aquel que entrara en la habitación.
Tranquilamente sentado con su amigo, ambos frente a la puerta, Bokuden llamó a su hijo mayor. Cuando éste se encontró delante de la puerta, se detuvo en seco. Después de haberla entreabierto cogió el vaso antes de entrar. Entró cerró detrás de él, volvió a colocar el jarro sobre el borde de la puerta y saludó a los Maestros.
- Este es mi hijo mayor - dijo Bokuden sonriendo -, ya ha alcanzzado un buen nivel y va camino de convertirse en Maestro.
A continuación llamó a su segundo hijo. Este deslizo la puerta y comenzó a entrar. Esquivando por los pelos el jarro que estuvo a punto de caerle sobre el cráneo, consiguió atraparlo al vuelo.
- Este es mi segundo hijo - explicó al invitado -, aún le queda un largo camino que recorrer.
El tercero entró precipitadamente y el jarro le cayó pesadamente sobre el cuello, pero antes de que tocara el suelo, desenvainó su sable y lo partió en dos.
- Y este - respondió el Maestro - es mi hijo menor. ES la vergüenza de la familia, pero aún es joven.



LA TAZA VACÌA

Según una vieja leyenda, un famoso guerrero, va de visita a la casa de un maestro Zen. Al llegar se presenta a éste, contándole de todos los títulos y aprendizajes que ha obtenido en años de sacrificados y largos estudios.
Después de tan sesuda presentación, le explica que ha venido a verlo para que le enseñe los secretos del conocimiento Zen.
Por toda respuesta el maestro se limita a invitarlo a sentarse y ofrecerle una taza de té.
Aparentemente distraído, sin dar muestras de mayor preocupación, el maestro vierte té en la taza del guerrero, y continúa vertiendo té aún después de que la taza está llena.
Consternado, el guerrero le advierte al maestro que la taza ya está llena, y que el té se escurre por la mesa.
El maestro le responde con tranquilidad "Exactamente señor. Usted ya viene con la taza llena, ¿cómo podría usted aprender algo?
Ante la expresión incrédula del guerrero el maestro enfatizó: " A menos que su taza esté vacía, no podrá aprender nada"



CAMBIO DE MENTE

La figura vestida de negro trepó gradualmente por encima del muro que rodeaba el jardín tranquilo y se dejó caer sin ruido al suelo. Apretó la espalda contra el muro ensombrado y se quedó inmóvil mientras esperaba que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Miró al cielo y dio las gracias a los dioses por haber mandado unas nubes negras para cubrir a la luna.
Mientras su ojos no pudiesen ayudarle, forzó a sus oídos para detectar cualquier sonido de peligro y olfateo el aire para los olores humanos. Satisfecho que los guardias no le habían visto ni oído, se desplazo cuidadosamente a lo largo de la pared, sus sandalias forradas amortiguaron el sonido de sus pasos. Se agarró con una mano a la espada corta, colgada de su espalda, para prevenir que chocara contra las piedras salientes.
A la medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, pudo detectar la silueta de la construcción de madera y tejas de barro que era el palacio del señor de la guerra Nakamura. Había entrado al jardín en su punto más próximo a la casa, pero todavía le faltaba una gran distancia para llegar al lecho del señor Nakamura.
Acercarse a la casa no sería fácil. Aunque estaba escondido en la oscuridad, él sabía que había un estanque grande, salpicado de islitas pequeñas, que debía ser cruzado. El puente estrecho estaría guardado y sería un obstáculo formidable. Y aunque habría árboles alrededor de la ruta que tomara que pudieran seguirle para esconderse, estaría en campo abierto durante la mayor parte de la distancia y podría ser visto si la luna saliera de las nubes.
Escucho los sonidos de los grillos y respiró profundamente el olor dulce de los crisantemos en flor mientras sacaba el alambre delgado y largo del fajín alrededor de su cintura. Mataría esta noche. Mataría más que una vez en este escenario que parecía más apropiado para la contemplación de la vida y la belleza. Se envolvió las extremidades del alambre alrededor de los guantes que cubrían sus manos, se agachó muy bajo y empezó a moverse hacia el palacio.
El señor Nakamura deslizó el panel de la pared de su lecho y miró hacía el jardín oscuro. Ël, también escucho a los grillos y respiró el mismo perfume fuerte de los crisantemos, pero estaba demasiado absorbido con sus propios pensamientos para ser afectado por el sonido y olor agradable.
Se vistió un kimono sencillo blanco que colgó sueltamente sobre su figura macilenta. Su pelo, tan oscuro como la noche, estaba desatado y llegó pasado sus hombros. Sus ojos eran fríos, sus labios delgados y crueles. Su cara era el espejo de sus muchos años como un señor de la guerra. No se reflejaba allí ningún signo de piedad ni compasión.
“Está allí fuera, ¿verdad?” – dijo como si fuera pensando el voz alta.
“Me está mirando en este mismo momento.”
Su samurai más confiado se acerco hacia su señor, manteniéndose cerca de la pared para no ser visto por alguien desde el jardín.
“Es la hora que acordamos, “ –susurró. “Él ha sido bien pagado. Estoy seguro que está allí ya.”
Nakamura cerró el panel y entró de nuevo en la habitación.
“¿No hay ninguna posibilidad que los guardias sepan que viene?, no le deben parar antes de alcanzar esta habitación.”
“Solamente usted y yo sabemos del arreglo, “ – le aseguró el samurai. “Los guardias fuera de su habitación han sido informados que usted había tenido una visión de la muerte y que deben estar aún más alertas. Dentro de poco les llamaré aquí dentro de su habitación y les ordenaré a quedarse conmigo a su lado a lo largo de la noche. También ordenaré que uno de ellos ocupe su cama. No dejaremos nada a la suerte. En lo referido a los guardias del jardín, no les han dicho nada.”
Nakamura indicó su entendimiento con la cabeza mientras se sentaba enfrente del taburete pequeño de vestir cerca de su cama.
“Me ha servido usted bien.” –dijo sin mirar hacia arriba. “Ahora dígame, ¿quién es este ninja que usted ha alquilado para matarme?”.
“Su nombre es Tahishi” –dijo el samurai. “Es de Iga y ha hecho muchas hazañas notables. Era él quien penetró el Kogushu del Palacio Imperial y trajo noticias de los planes del Regente Nobunaga por medio de escuchar inadvertido la reunión que mantuvo con sus señores de la guerra.
“Ha matado muchas veces y ha servido a muchos señores de la guerra. Hasta el propio Nobunaga le ha empleado.“
“Entonces a elegido usted bien al hombre correcto,” –dijo Nakamura. “Es bueno que Nobunaga le reconozca cuando enseñemos su cuerpo y los samurais que ha matado en su intento de asesinato. Nobunaga nunca creería que tan meritorio ninja era parte de un complot diseñado por mi. Tal evidencia le convencerá al Regente que tengo peticiones justas contra el señor Nagamasa. Creerá que Nagamasa mandó a Tahishi a matarme y no se interpondrá en mi camino cuando busque la venganza. Dentro de poco controlare las tierras y riquezas de Nagamasa y estaré el segundo a Nobunaga en el poder. Y tal vez, algún día, mi poder podría exceder al del Regente.
“Solamente siento tristeza,” –añadió Nakamura sarcásticamente, “porque no podré premiar a este meritorio ninja por el gran servicio que me hace al intentar asesinarme.”
Tahishi alcanzó el primer guardia antes que pudiera dar la alarma. La gaza de alambre fina se pasaba por encima de su cabeza y, tirando fuertemente alrededor del cuello, atravesó fácilmente su carne y casi cegó la cabeza del tronco. Una mirada de sorpresa se congeló en la cara del guerrero mientras el ninja le bajó lenta y sigilosamente al suelo. La tranquilidad el hermoso jardín apenas había sido perturbado.
Tahishi retiró el alambre y lo puso alrededor de su cintura debajo de su obi (fajín). No prestó ninguna atención al samurai joven y muerto, cuya sangre filtro de la herida fina y empapo la tierra. Esta muerte ya era del pasado. Nunca más debería ser considerado. Ahora él debía ocuparse solamente del próximo obstáculo.
El segundo guardia estaba más alerta. Estaba situado cerca del puente que cruzaba el estanque, su cabeza moviéndose lentamente de un lado para otro a la medida que escudriñaba el jardín, su mano derecha posaba encima de la empuñadura de su espada larga. Era un hombre grande con hombros fuertes y anchos. Será un oponente formidable, pensó Tahishi, uno que a lo mejor no podría vencer en un combate libre. La astucia, no la fuerza, sería necesaria para conquistar a este hombre.
Escondiéndose detrás de los cipreses, Tahishi podía acercarse hasta unos diez metros del guardia. El estanque prevenía que el ninja pudiera rodearle. Y no podía acercarse de frente sin ser visto. Habrá que desviar su atención y luego cruzar estos últimos diez metros antes de que pueda recuperarse el samurai.
Rápida y silenciosamente el ninja se desnudó. Eligió de su arsenal dos shaken y una navaja afilada, que colocó en sus dientes. Se preparó contra el árbol que le escondía, apuntó cuidadosamente y envió el primer shaken silbando hasta el poste del puente, cerca de la cabeza del samurai. Asustado, el guardia giró hacia la dirección del ruido, presentando así la parte trasera de su cabeza a Tahishi.
Un instante después, el segundo shaken salió de la mano del ninja... y logró su objetivo, el área blanda del cuello a la base del cráneo del samurai.
Tahishi empezó a correr al momento que la estrella puntiaguda estaba en el aire. El ninja sabía que los shaken no mataban. El choque inicial pasará rápidamente y el samurai podría recuperase suficientemente para pedir socorro. Debe ser detenido silenciosamente y deprisa. El grito no debe salir de su garganta.
Tahishi se dirigió rápidamente a través del claro y saltó encima de la espada samurai, una mano cercando su cabeza para tapar la boca, mientras la otra mano llevo la navaja afilada al cuello. El cuerpo del samuirai se estremeció violentamente a la medida que su vida surgió de la herida. Sus brazos se sacudieron frenéticamente mientras intentó librase del ogro invisible de su espalda, pero Tahishi aguantó con toda su energía, manteniendo tapada la boca del samurai mientras su fuerza disminuía para que el único ruido que escapara de su cuerpo fuera el gorgoteo grave y suave de la muerte.
Tahishi se cayó agotado al lado del cuerpo de su segunda victima. Sintió unas dolencias agudas en su pecho y hombros y se dio cuenta que también tenía heridas. El shaken clavado en el cuello del samurai había hecho unos cortes profundos en sui cuerpo durante la lucha.
Baño sus heridas en el agua fresca del estanque y aplicó unas hiervas curativas que llevaba consigo antes de vestirse. Ahora deseaba que su misión hubiera terminado. Le hubiera gustado dejarlo ya pero había hecho su juramento y le había pagado bien.
Cruzando el puente, Tahishi atravesó la distancia hasta el palacio muy velozmente y sin interferencias. El lecho de Nakamura era fácil de localizar. Le había informado con exactitud el samurai le pagó pos sus servicios.
Se arrastró cerca de la delgado pared y se tumbó postrado durante mucho rato, escuchando con sus oídos entrenados para los ruidos que emanaban de la habitación. Cuando niño, había pasado muchos meses retirado en los bosques y había desarrollado un sentido tan agudo de audiencia que podía escuchar con facilidad el ruido de una hoja cayéndose o de un pequeño insecto gateando sobre una hoja de hierva.
Mientras escuchaba, oyó la respiración rápida que alguien al izquierda de la entrada del jardín al lecho. Era demasiado acelerada para ser alguien que dormía. De la derecha oyó el ruido del cambio de postura. Había más de una persona en la habitación. Había otros ruidos, más tenues, desde otras partes del lecho. Eran tres, cuatro, no, cinco personas en la habitación. Todas despiertas. Todas alertas. Todas esperándoles. Era una trampa.
El número de oponentes nunca le había importado a Tahishi. Se había enfrentado y vencido a mayores ventajas en sus comisiones en el pasado. Pero había estado preparado en aquellas ocasiones. Esta situación nueva le cogió totalmente por sorpresa. No había esperado la traición. Y ahora su mente corría par encontrar la forma de completar su misión con éxito y vivir.
Estarán descalzos, se dijo así mismo, para moverse silenciosamente. Y si hay alguien ocupando la cama en la habitación, no será Nakamura. No se arriesgaría tanto, aún con cuatro hombres para protegerle. Por supuesto Nakamura estaría allí para atestiguar mi muerte, pero buscará su refugio en el rincón de la habitación más alejado de la entrada y la cama, y tendrá, muy probablemente, su samurai más fiel a su lado para defenderle en el supuesto que algo falle en su plan.
Entonces serán tres los que habrá que considerar: uno en la cama y uno a cada lado de la entrada al jardín. El de la cama se quedará allí para llamarme la atención cuando entre en la habitación. Entonces el ataque vendrá desde los dos de la puerta. Tendré que eliminarles primero. Luego tendré que deshacerme del de la cama antes que pueda ponerse de pie. El samurai que custodia al Nakamura será el próximo y por último eliminaré al gran Señor.
Desde la gran bolsa de tela que colgaba de su hombro, Tahishi retiró diez idagama, pelotas redondas con muchos puntos afilados, cada uno tratado con un veneno mortal. Los colocó en un diseño en el suelo delante de la entrada.
Silenciosamente y cuidadosamente, se subió arriba, debajo de los aleros del techo bajo que cubría el portal. De la chaqueta de su gi, sacó una cerbatana de junco, corta y delgada, e insertó un dardo venenoso en un extremo. Colocando la cerbatana en su boca y agarrandola con los dientes, luego sacó su espada corta de la vaina atada sobre su espalda. Había una cosa más que hacer antes de entrar en acción. Puso su navaja en la manga derecha para que cayera en su mano al sacudir su muñeca.
Ahora estaba listo.
Enganchando sus piernas alrededor de una viga de cedro en los aleros, bajaba hasta que colgaba con su cabeza hacía el suelo y que pudiera alcanzar el panel de la entrada, 30 cm. Por encima de ellos. Asiéndolo con fuerza, dejó escapar entres sus dietes cerrados, un grito horripilante y arrancó la puerta abierta.
Se levantó presurosamente mientras los dos samuráis que guardaban la entrada, se precipitaron al jardín para encontrar al intruso. Lo único que encontraron fueron las mortalmente envenenadas idagamas que cortaron sus pies indefensos. Mientras gritaban en su agonía. Tahishi se basculaba hacia abajo hasta la puerta abierta, colgándose como un mono por su rabo, sus agudos ojos encontraron la cama y el sorprendido samurai dentro, apoyándose en su codo. Agarró la cerbatana entres sus dientes, apuntó rápida pero cuidadosamente y envión un dardo venenoso al ojo abierto del guerrero.
Adentrándose en la sala, con su espada en la mano izquierda, Tahishi rodó a través del suelo, sacudiendo su muñeca para poder coger el punto de la hoja de su navaja entres los dos primeros dedos y el pulgar de su mano derecha.
Sus ojos agudos pronto localizaron al señor Nakamura en el rincón más alejado de la habitación, agachándose tras el samurai restante. El brazo derecho de Tahishi cortó el aire y su navaja se enardezó de un lado a otro de la habitación y se hundió en el pecho ancho del guardia.
Terminó la acción en segundos. Cuatro hombres muriéndose o ya muertos, y Nakamura impotente y a su merced.
Tahishi cruzó la sal velozmente, su espada corta alzada para matar. Nakamura se apretó al rincón, buscando un refugio que no existía, sus ojos dilatados por el miedo.
“No puede matarme,” -chilló. “Usted está a mi servicio. Fui yo quien le pagó. Le ordenó que baje su espada.”
Tahishi sonrió mientras indicó con la cabeza al samurai muerto tumbado a los pies de Nakamura.
“Su sirviente me pagó bien, y, de acuerdo, estoy a su servicio. Acepto su cambio demente y no le mataré, tal y como me ha ordenado, para que puedo, de buena fe, retener sus honorarios por mis servicios.“
“Sin embargo.” –continuó Tahishi mientras bajo la espada encima de la cabeza y defensa del señor de la guerra, “también el señor Nagamasa me ha pagado bien, y sus ordenes son que usted debe morir.“



CONCENTRACIÓN

Después de ganar varios concursos de arquería, el joven y jactancioso campeón retó a un maestro Zen que era reconocido por su destreza como arquero. El joven demostró una notable técnica cuando le dió al ojo de un lejano toro en el primer intento, y luego partió esa flecha con el segundo tiro. "Ahí está", le dijo el viejo, "¡a ver si puedes igualar eso!". Inmutable, el maestro no desenfundo su arco, pero invitó al joven arquero a que lo siguiera hacia la montaña. Curioso sobre las intenciones del viejo, el campeón lo siguió hacia lo alto de la montaña hasta que llegaron a un profundo abismo atravesado por un frágil y tembloroso tronco. Parado con calma en el medio del inestable y ciertamente peligroso puente, el viejo eligió como blanco un lejano árbol, desenfundó su arco, y disparó un tiro limpio y directo. "Ahora es tu turno", dijo mientras se paraba graciosamente en tierra firme. Contemplando con terror el abismo aparentemente sin fondo, el joven no pudo obligarse a subir al tronco, y menos a hacer el tiro. "Tienes mucha habilidad con el arco", dijo el maestro, "pero tienes poca habilidad con la mente que te hace errar el tiro".



EL MOSCARDÓN Y EL MAESTRO

El calor del verano era sofocante y el sudor corría por la frente del samurai. En el engawa del dojo unas pequeñas campanillas furin pendían de la entrada. Ni siquiera una ligera brisa les arrancaba el mas mínimo sonido.
El hombre descalzó sus zoris y subió al entarimado de madera de la entrada, saludo con una reverencia al primogénito del maestro de kenjutsu a cuya lección del día pretendía asistir.
La fama de este maestro era conocida en varias provincias aunque se decía que la edad y la enfermedad estaban minando lentamente la salud del anciano. Pronto su hijo heredaría la escuela y enseñaría en su lugar.
El samurai, afiliado a un clan y experto también en el manejo de la katana y en las técnicas de combate de su propio ryu, tenia permiso expreso de su señor para recorrer el país como lo hacían otros muchos samurais y ronin en estos tiempos de relativa paz después que los Tokugawa asumieran la dirección del país.
Los alumnos se sentaban en seiza, alineados a lo largo de la pared, en actitud concentrada y respetuosa, esperando la entrada del maestro. El samurai fue conducido por el primogénito hasta el lugar de honor y ambos tomaron asiento, plegando con cuidado sus hakamas. Casi enseguida sus semblantes se volvieron inexpresivos, mirando al frente y entrando en un estado de meditación y recogimiento.
En el silencio del lugar se oía como un trueno, por encima del lejano rumor de las semi eternamente presentes en el verano, el zumbido de un moscardón que vagaba de un lado a otro, posándose donde se le antojaba.
Un instante después el anciano maestro hizo su entrada deslizando muy suavemente sus pies sobre la pulida madera. Después de los saludos rituales, su figura erguida en el centro de la sala era la imagen perfecta del guerrero a punto de comenzar un combate, ese estado de calma, de vacío, de presencia en el instante y a la vez distancia y desapego, característico de los practicantes formados en la Vía.
El maestro desenvaino su katana y en un solo movimiento, continuo, sin interrupciones ni cambios de ritmo perceptibles, trazo dos tajos perfectos en el aire que habrían sido suficientes para terminar con la vida de un enemigo imaginario. La kata continuo.
El silbido producido por la hoja de la espada, similar al de un junco agitado en el aire, pero infinitamente mortal en su sencillez. El tenue deslizar de los pies. el ruido seco de las ropas. Eran los únicos sonidos que se escuchaban. Pero no, también estaba el del dichoso moscardón que había tomado obcecado interés en el maestro y estaba posándose en una de sus manos, justo en uno de los momentos de mayor tensión interior...
El maestro, impasible, continuo la kata, aparentemente ajeno a la tozudez del insecto. Pero al finalizar uno de los giros, cambio el movimiento y lanzo un tajo hacia la pequeña figura negra que escapo milagrosamente.
El samurai tomo nota del hecho, la hoja había pasado muy cerca pero si la intención era lucirse cortando en el aire al moscardón, el maestro había fallado en su intento.
Cuando al fin el maestro desapareció por una puerta situada al final de la sala, los alumnos levantaron sus frentes del suelo y salieron en silencio, preparándose para una sesión de entrenamiento.
El samurai se acerco al hijo del maestro y comento en voz baja:
- Es una lastima que el maestro se haga anciano y pierda el pulso que le ha hecho legendario en todo Japón.
- ¿Por que lo dices? - contesto el primoogénito.
- Porque al lanzar ese tajo al moscardónn no ha conseguido alcanzarle, quizás por milímetros, pero se le ha escapado.
El otro hombre sonrió.
- Cierto, ha escapado vivo. Pero no te eequivoques... ya no podrá tener descendencia....



EL LADRÓN DE CONOCIMIENTO

Yang Lu Chan nació al comienzo del siglo XIX en el seno de una familia de campesinos. Desde joven no tenía más que una pasión: el Shuan-Shu, el arte del puño. Desde su infancia, frecuentó asiduamente las escuelas de artes marciales de su provincia y muy pronto alcanzó el rango de un experto de gran reputación. Pero los estilos que había practicado hasta entonces no le satisfacían. Sabía que desde la destrucción del monasterio de Shaolin, el arte del puño había lentamente degenerado en un método de combate que daba demasiada importancia a la técnica y a la fuerza muscular. A pesar de su búsqueda por todos los rincones de su provincia, Ho Pei, no conseguía encontrar un Maestro susceptible de enseñarle un arte más profundo que le condujera a la Vía de la armonía.
Su desesperación llegó a su término cuando oyó hablar del Tai Chi Chuan, arte que empezaba a ser popular en otra provincia, Honan.
Abandonando a sus padres y amigos, Yang emprendió un viaje a pie de más de 800 km. para dirigirse a la patria del arte que deseaba estudiar. Aprovechando un momento de oportunidad entró en los círculos cerrados de practicantes de Taichi. En el curso de sus conversaciones con ellos, un nombre volvía continuamente a su mente: el del Maestro Chen Chang Hsiang. Este hombre pasaba por tener el "Kung Fu" más perfecto de su época. Desgraciadamente enseñaba exclusivamente a los miembros de su familia, en el más estricto secreto.
Yang pensaba que después de un viaje tan largo tenía que estudiar con el mejor Maestro. Hábilmente consiguió interesar en casa de la familia Chen como criado. De esta manera, cada día se las arreglo para espiar secretamente el entrenamiento familiar bajo la guía del patriarca. Cuidadosamente disimulado, observaba atentamente los movimientos, bebía las palabras y los consejos del Maestro. Después, durante la noche, cuando todo el mundo dormía, se ejercitaba en hacer lo que había visto durante el día y pulía incansablemente los encadenamientos de movimientos que había aprendido los días precedentes.
Su espionaje continuó durante varios meses sin despertar sospecha... hasta que un día fue descubierto. Inmediatamente fue conducido delante del Maestro Chen. Se esperaba lo peor. En efecto, el anciano parecía muy enfadado. El tono de su voz dejaba ver una cierta irritación.
- Y bien, joven, parece que has abusado de nuestra confianza. Usted se ha introducido aquí con el único objetivo de espiar nuestra enseñanza, ¿no es verdad?.
- Efectivamente - confesó Yang.
- No se aún lo que vamos a hacer con Vd. Mientras tanto siento curiosidad por ver que es lo que ha aprendido en tales condiciones. ¿Puede usted hacerme una demostración?.
Yang ejecutó un encadenamiento con tal concentración y fluidez que el anciano Chen quedó profundamente impresionado al ver un reflejo tan fiel de su Arte. Pero se cuidó bien de manifestar su emoción y durante un largo instante se quedó en silencio. Después declaró:
- Sería estúpido dejarlo marchar con lo poco que conoce. Mancharía la reputación de nuestra familia mostrando nuestro arte de una manera tan incompleta. Mejor será que se quede aquí el tiempo necesario para terminar el aprendizaje.
¡Pero esta vez bajo mi dirección!
Yang permaneció aún varios años en la familia de Chen, integrándose cada vez más profundamente en el Arte Supremo del Tai Chi. Después de haber recibido la bendición de su anciano Maestro, Yang volvió a su provincia natal.
En Pekin, donde decidió instalarse para enseñar su arte, no tardó en ser conocido con el nombre del "insuperable". En efecto, a pesar de otros profesores y campeones jóvenes le desafiaron a menudo, nunca fue vencido. Sus combates contribuyeron a fortalecer la reputación del Tai Chi Chuan, sobre todo porque conseguía neutralizar a sus adversarios sin herirlos jamás.



EL SAMURAI Y LOS TRES GATOS

Un samurai tenia problemas a causa de un raton que habia decidido compartir su habitacion. Alguien le dijo: Necesitas un gato. Busco uno en el vecindario y lo encontro: era un gato impresionante, hermoso y fuerte. Pero el raton era mas listo que el gato y se burlaba de su fuerza.
El samurai adopto un segundo gato, muy astuto. Desconfiado, el raton solo aparecia cuando aquel se dormia.
Entonces le trajeron al samurai el gato de un templo zen.
Tenia aspecto distraido, era mediocre y parecia siempre soñoliento. El samurai penso: no sera este el que me librara del raton.
Sin embargo, el gato, siempre soñoliento e indiferente, pronto dejo de inspirar precauciones al raton, que pasaba junto a el sin apenas hacerle caso. Un dia, subitamente, de un zarpazo, lo atrapo.



EL SECRETO DE LA EFICACIA

Ito Ittosai, incluso después de haberse convertido en un experto y en un profesor famoso en el arte del sable, no estaba satisfecho de su nivel. A pesar de sus esfuerzos, tenía conciencia de que desde hacia algún tiempo no conseguía progresar. En efecto, los sutras cuentan que el Buda se sentó bajo una higuera para meditar con la firme resolución de no moverse hasta que no recibiera la comprensión última de la existencia del Universo. Determinado a morir en ese mismo sitio antes que renunciar, el Buda realizó su voto: despertó la Suprema Verdad.
Ito Ittosai se dirigió pues a un templo con el fin de descubrir el secreto del arte del sable. Durante 7 días y 7 noches estuvo consagrado a la meditación.
Al alba del octavo día, exhausto y desalentado por no haber conseguido saber algo más se resignó a volver a su casa, abandonando toda esperanza de penetrar el famoso secreto.
Después de salir del templo tomó una carretera rodeada de árboles. Cuando apenas había dado unos pasos, sintió de pronto una presencia amenazante detrás de él y sin reflexionar se volvió al mismo tiempo que desenvainaba el sable.
Entonces se dio cuenta que su gesto espontáneo acababa de salvarle la vida. Un bandido yacía a sus pies con un sable en la mano.



EL SECRETO DE LA VÍA DEL SABLE

Un joven fue un día a acercarse a un Maestro de Kenjutsu para ser un alumno. El maestro acepto y dijo: “A partir de hoy, tu iras cada día a cortar troncos en el bosque y a buscar el agua en el río.” Esto fue lo que el joven hizo. Depuse de tres años, se dirigió al maestro y le dijo: “Yo he venido para aprender la esgrima y hasta ahora ni siquiera pasé la puerta del Dojo...”.
“Muy bien, -le dijo el Gran Maestro-, pues hoy tu entraras.” Sígueme. Y desde este momento, tu haces toda la marcha alrededor de la sala, pisando cuidadosamente el borde del tatami pero sin traspasarle jamás...
El discípulo practicó el ejercicio durante un año, al fin del cual él se encolerizó hasta tal punto que se dirigió al Maestro y grito: “Me voy, no he aprendido nada del arte que vine a aprender, me voy...”
“No, -le dijo el Maestro- hoy voy a continuar enseñándote. Ven conmigo...”
El Maestro llevó al joven frente a una montaña, seguidamente al borde de un precipicio enorme. Un tronco de árbol estaba haciendo de puente sobre el vacío...
“Pues bien, pasa para el otro lado”, dijo el Gran Maestro al discípulo, que estaba lleno de terror.
Mirando al abismo, lleno de miedo y de vértigo, el joven estaba paralizado. En ese momento llega un ciego, que tanteando con su caña, sin rechistar, se mete sobre el frágil pasaje y pasa tranquilamente.
No fue preciso más para que el joven perdiera el miedo y a su vez pasará rápidamente al otro lado.
Su maestro la grita: “Tu dominaste el secreto de la esgrima: abandonar el ego, no temer a la muerte, ser indiferente a las circunstancias adversas. Cortando troncos, desarrollaste la musculatura, marchando con atención al borde del tatami perfeccionaste tu equilibrio, y mira, hoy tu comprendiste el secreto de la “Vía”, creo que serás entre todos el más fuerte...



EL VALOR DE LAS COSAS

Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
-Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después...- y haciendo una pausa agregó: - Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
-E...encantado, maestro - titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
-Bien - asintió el maestro. Se quitó un anilloo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, agregó- toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo.
Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, monto su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro. Podría entonces habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguiir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Que importante lo que dijiste, joven amigo -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él, para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.
-58 monedas??!-exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero- Yo sé que con tiempoo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... si la venta es urgente...
El Joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-.. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.



EN LAS MANOS DEL DESTINO

Un gran general, llamado Nobunaga, había tomado la decisión de atacar al enemigo, a pesar de que sus tropas fueran ampliamente inferiores en número. Él estaba seguro que vencerían, pero sus hombres no lo creían mucho. En el camino, Nobunaga se detuvo delante de un santuario Shinto. Declaró a sus guerreros:
-Voy a recogerme y a pedir la ayuda de los kamis. Después lanzaré una moneda. Si sale cara venceremos, si sale cruz perderemos. Estamos en las manos del destino.
Después de haberse recogido unos instantes, Nobunaga salió del templo y arrojó una moneda. Salió cara. La moral de las tropas se inflamó de golpe. Los guerreros, firmemente convencidos de salir victoriosos combatieron con una intrepidéz tan extraordinaria que ganaron la batalla rápidamente.
Después de la victoria, el ayuda de campo del general le dijo:
-Nadie puede cambiar el destino. Esta victoria inesperada es una nueva prueba.
-¿Quién sabe? -respondió el general, al mismo tiempo que le enseñaba una moneda... trucada, que tenía cara en ambos lados.
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